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1. Qué buscamos
Hoy tenemos que mirar a la cara ese
momento de nuestra historia en el que la experiencia del movimiento
sufrió su mayor sacudida: el 68.
Tal vez no sea inútil recordar que, en
la vida de aquellos a los que Él llama, Dios no permite que suceda
cosa alguna si no es para la madurez, para una maduración de los que
han sido llamados. Esto vale ante todo para la vida de la persona,
pero en última instancia y de forma más profunda para la vida de su
Iglesia y, por tanto, análogamente, para la vida de cada comunidad,
ya se llame familia o comunidad eclesial, en sentido más amplio.
Jamás permite Dios que suceda algo que no sea para nuestra
maduración, para que maduremos. Más aún, en esto la fe demuestra su
verdad: en la capacidad que cada uno de nosotros y cada realidad
eclesial (familia, comunidad, parroquia, Iglesia en general) tienen
de valorar como camino de madurez cualquier objeción, persecución o
prueba; y en la capacidad de convertir todo esto en instrumento y
ocasión de maduración. No en vano el Señor dice, cuando habla del
fin del mundo –pero el fin del mundo es cada recodo de la historia–,
que «surgirán muchos falsos profetas y falsos cristos. Al
acrecentarse cada vez más el mal, la caridad se enfriará en muchos»1.
Es este –podríamos decir– el síntoma de
la verdad y autenticidad o no de nuestra fe: si en primer plano está
verdaderamente la fe o hay otro tipo de preocupación; si esperamos
de verdad todo del hecho de Cristo o, por el contrario, si del hecho
de Cristo esperamos lo que decidimos nosotros, haciendo de Él, en
última instancia, punto de partida y pretexto para nuestros
proyectos y programas.
La ley del desarrollo espiritual, esta
ley dinámica de la vida de la fe que acabamos de señalar, es de
extrema importancia tanto para los individuos como para las
colectividades; para las colectividades como para los individuos. En
cualquier caso, es verdad que, para el que comprende y ama a Dios,
todo coopera para el bien; y es verdad que, en las dificultades,
sale a la luz si tú amas a Dios o no. Es el eterno dilema que está
en el origen de cualquier pronunciamiento del hombre, de cualquier
acto humano, es la alternativa que denuncia la ambigüedad posible en
la raíz de cualquier expresión humana.
El mundo está sumido en una gran
ambigüedad para el espíritu que no es claro. Por encima de todo, el
espíritu del hombre sufre la tentación de la ambigüedad. No es
casual que Cristo hablara en parábolas, «para que viendo no vean y
oyendo no entiendan»2. Y el mundo entero es como una gran parábola:
demuestra a Dios del mismo modo que una parábola demuestra el valor
al que remite, y «el que tenga oídos para oír, que oiga»3. Frente a
la parábola se pone de manifiesto el pensamiento secreto del corazón.
Ante el interrogante, el problema, la pregunta o la dificultad sale
a la luz aquello que el hombre ama ...
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