La familia se halla, en los últimos tiempos, en el
centro del debate público. El intento
de regular nuevas formas de convivencia distintas
a la del matrimonio concebido como relación
definitiva y fecunda entre un hombre y una mujer ha desencadenado
una apasionada discusión.
No es algo totalmente nuevo, sino que representa
más bien el culmen de un proceso comenzado
hace años.
Este debate ha puesto en evidencia, por una parte,
que toda la propaganda de una mentalidad
contraria a la familia mediante los medios de comunicación (cine,
televisión,
prensa), a pesar de tener a su disposición medios
tan potentes, no ha logrado impedir que
muchas personas sigan teniendo una experiencia positiva de la
familia. Ante este impresionante despliegue
de fuerzas mediáticas e ideológicas, parecería inevitable que la
familia hubiera dejado de interesar. En cambio, existe un
hecho que nos vemos obligados a reconocer
casi con sorpresa: esa impresionante maquinaria no ha mostrado ser
más potente que la experiencia elemental que
muchos de nosotros hemos vivido en nuestra propia familia,
la experiencia inextirpable de un bien. Un bien
del que estamos agradecidos y que queremos
transmitir a las futuras generaciones para compartirlo con ellas.
Por otra parte, sin embargo, constatamos que este
bien experimentado no ha logrado frenar
socialmente los intentos de transformar el matrimonio en otras
formas distintas. A esto hay que añadir un
dato no menos significativo: este proceso comenzó cuando la mayor
parte de la legislación sobre el matrimonio
defendía la concepción tradicional derivada del
cristianismo. Toda esta legislación no ha impedido que se
extendiera una mentalidad contraria al
matrimonio, no ha sido capaz de detener el cambio.
¿Cómo ha podido suceder? ¿Cómo es posible que la
claridad alcanzada acerca de la naturaleza
del matrimonio, consolidada durante siglos, se haya puesto en tela
de juicio de un modo tan general y en tan
poco tiempo? Tratar de entender la situación actual me parece
decisivo para poder responder a ella.
En su encíclica Spe salvi Benedicto XVI nos
brinda una clave para entender lo que está
sucediendo cuando afirma que «un progreso acumulativo sólo es
posible en lo material. Aquí, en el
conocimiento progresivo de las estructuras de la materia, y en
relación con los inventos
cada día más avanzados, hay claramente una
continuidad del progreso hacia un dominio cada
vez mayor de la naturaleza. En cambio, en el ámbito de la
conciencia ética y de la decisión moral, no
existe una posibilidad similar