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1. Qué buscamos
Hoy tenemos que mirar a la cara ese
momento de nuestra historia en el que la experiencia del movimiento
sufrió su mayor sacudida: el 68.
Tal vez no sea inútil recordar que, en
la vida de aquellos a los que Él llama, Dios no permite que suceda
cosa alguna si no es para la madurez, para una maduración de los que
han sido llamados. Esto vale ante todo para la vida de la persona,
pero en última instancia y de forma más profunda para la vida de su
Iglesia y, por tanto, análogamente, para la vida de cada comunidad,
ya se llame familia o comunidad eclesial, en sentido más amplio.
Jamás permite Dios que suceda algo que no sea para nuestra
maduración, para que maduremos. Más aún, en esto la fe demuestra su
verdad: en la capacidad que cada uno de nosotros y cada realidad
eclesial (familia, comunidad, parroquia, Iglesia en general) tienen
de valorar como camino de madurez cualquier objeción, persecución o
prueba; y en la capacidad de convertir todo esto en instrumento y
ocasión de maduración. No en vano el Señor dice, cuando habla del
fin del mundo –pero el fin del mundo es cada recodo de la historia–,
que «surgirán muchos falsos profetas y falsos cristos. Al
acrecentarse cada vez más el mal, la caridad se enfriará en muchos»1.
Es este –podríamos decir– el síntoma de
la verdad y autenticidad o no de nuestra fe: si en primer plano está
verdaderamente la fe o hay otro tipo de preocupación; si esperamos
de verdad todo del hecho de Cristo o, por el contrario, si del hecho
de Cristo esperamos lo que decidimos nosotros, haciendo de Él, en
última instancia, punto de partida y pretexto para nuestros
proyectos y programas.
La ley del desarrollo espiritual, esta
ley dinámica de la vida de la fe que acabamos de señalar, es de
extrema importancia tanto para los individuos como para las
colectividades; para las colectividades como para los individuos. En
cualquier caso, es verdad que, para el que comprende y ama a Dios,
todo coopera para el bien; y es verdad que, en las dificultades,
sale a la luz si tú amas a Dios o no. Es el eterno dilema que está
en el origen de cualquier pronunciamiento del hombre, de cualquier
acto humano, es la alternativa que denuncia la ambigüedad posible en
la raíz de cualquier expresión humana.
El mundo está sumido en una gran
ambigüedad para el espíritu que no es claro. Por encima de todo, el
espíritu del hombre sufre la tentación de la ambigüedad. No es
casual que Cristo hablara en parábolas, «para que viendo no vean y
oyendo no entiendan»2. Y el mundo entero es como una gran parábola:
demuestra a Dios del mismo modo que una parábola demuestra el valor
al que remite, y «el que tenga oídos para oír, que oiga»3. Frente a
la parábola se pone de manifiesto el pensamiento secreto del corazón.
Ante el interrogante, el problema, la pregunta o la dificultad sale
a la luz aquello que el hombre ama.
Esta ley, que es estructural para la
criatura, para la relación entre la criatura y su creador (la
existencia misma de Dios se percibe, se aferra y se afirma sólo
mediante la abolición de esta ambigüedad), vale para cualquier
experiencia auténticamente religiosa, vale, por tanto, también para
la vida cristiana y la vida de la Iglesia: ante el obstáculo, se
pone de manifiesto aquello que quieres. Se ve si deseas a Cristo, si
Le afirmas a Él o te afirmas a ti mismo, si –al vivir la comunión,
construir la comunidad o trabajar de sol a sol– cuando se presenta
la dificultad emerge la objeción que te sugiere: «¡Pues, entonces,
lo dejo!», o te induce a la sospecha: «¿Qué es lo que me han dicho
hasta ahora? ¡Me han engañado!», o bien el reproche: «¡No me
entienden, no me valoran!». Sólo ante la objeción o la prueba se ve
si es oro o “paja”4 la actitud de nuestro espíritu, por utilizar una
comparación de san Pablo.
Me urgía, al principio de lo que
teníamos que evocar hoy, hacer referencia a esta norma espiritual, a
esta criba espiritual inconfundible, precisa. Por lo demás, se
impone otra imitación de Cristo, porque sólo a través de su muerte,
de su agonía y entrega hasta el extremo se vio que Cristo era
verdaderamente Hijo del Padre: «Pero, no se haga mi voluntad sino la
tuya»5, o «consummatum est»6, he obedecido hasta el fondo. Lo que
nosotros amamos cuando damos todo nuestro tiempo, nuestra energía,
nuestra entrega y nuestra preocupación al movimiento, se pone de
manifiesto en la prueba; si queremos a Cristo o nos buscamos a
nosotros mismos, se ve en la prueba. Si insisto en esto es porque es
el punto crucial que debemos tener siempre presente, nos toquen las
tareas de secretaría, las “manuales” más simples o las funciones más
altas. Si no lo tenemos presente, no conseguiremos la más mínima
contrición (la contrición puede darse sólo ante lo que amamos); y,
en segundo lugar, cuando llegue la dificultad, decidiremos nosotros
si tal dificultad es motivo suficiente para que nos marchemos o no.
¿Comprendéis? ¡Pensamos que el criterio último para decidir si lo
que hacemos es justo o no está en nuestra mano!
Cuando llega la prueba o la dificultad,
cuando ya no vemos o pierde gusto lo que hacemos, entonces se ve si
lo que buscamos es Cristo o bien nuestro amor propio, la afirmación
de nosotros mismos, en cualquier sentido o bajo cualquier aspecto.
Entonces, llega también el momento en el que aparece la fascinación
mundana –por tanto, la tentación diabólica, la mentira, según su
máscara atractiva– y plantea su alternativa: «Es mejor dedicarse a
otra cosa, es más justo» y, como dice la canción de Claudio Chieffo
sobre Judas7, nos sentimos traicionados por aquello por lo que nos
hemos sacrificado. Cuando en verdad no nos habíamos sacrificado por
ello, sino por nosotros mismos, por nuestro amor propio. Sea como
fuere, sólo esta apreciación arroja una luz que nos permite leer con
exactitud lo que sucedió.
2. Los factores de lo que sucedió
Lo que voy a señalar ahora lo digo a
modo de ejemplo; es un análisis que podría enriquecerse con vuestras
contribuciones. Diré ante todo –siguiendo lo que pone la hoja que os
ha llegado– cuáles son los factores más llamativos y más claros que,
al cabo de los años, saltan a la vista recordando el fenómeno pasado,
sobre todo desde la perspectiva del desarrollo que ha tenido. Me voy
a referir a los factores señalados en la hoja.
a) El nacimiento del fenómeno
contestatario en el ámbito estudiantil nos provocó, ante todo, por
su aspiración fundamental a una autenticidad en el planteamiento de
las cosas en general. El primer factor que nos llamó la atención fue
la aspiración esencial a una mayor autenticidad de la vida, de la
vida pública. Insisto en este aspecto: en la vida pública, en la
vida social. No hubiéramos podido formular semejante valoración si
no hubiéramos advertido que lo que subyacía a esa crítica y a esa
aspiración era una insatisfacción. Y la insatisfacción humana brota
siempre de una necesidad de autenticidad; en cambio, el malestar y
el desequilibrio nacen siempre de una mentira que anida de algún
modo en la actitud que asumimos. Esta urgencia de autenticidad en la
vida social, en las formas que adquiere la vida social, brotaba de
una insatisfacción que implicaba la búsqueda de una autenticidad
también para la persona, de una autenticidad personal.
Yo creo que nunca se debe olvidar el
compromiso con una transformación global de la sociedad para que sea
más auténtica, más humana: no lo podemos dejar de lado, pues
constituye el reto que, justamente a través del mundo, Dios plantea
a nuestra inercia y pereza. En la historia de la Iglesia siempre ha
sido así: el compromiso mundano –que aunque de forma facciosa y
parcial, subraya una urgencia o un aspecto de la vida– incita a una
nueva toma de conciencia, provoca la crisis y una nueva toma de
conciencia dentro del pueblo cristiano auténtico. Dios se sirve de
todo lo que sucede. Recordad la premisa: todo lo que sucede lo
permite Dios para la maduración de aquellos a los que ha elegido. A
veces, esta actitud sincera nosotros la podemos encontrar a lo largo
del camino, al borde del camino, en los que no han tenido la gracia
de ser elegidos. Y así Dios nos reprende, castiga nuestro amor
propio. Pero Dios castiga a quienes ama para purificarlos –dice de
nuevo la Escritura–: «A los que amo los reprendo y los corrijo»8.
b) Veamos el segundo factor que aparece
con claridad meridiana cuando recordamos lo que sucedió. Para lograr
la transformación de la sociedad y alcanzar una autenticidad mayor
en la vida social, en lugar del equívoco y de la mentira, de la
máscara con la que se vivía, se planteaba –fundamental y
globalmente– la necesidad de suprimir el pasado, de ser enemigos del
pasado; una negación del pasado o, cuanto menos, el olvido y el
desinterés por él, que es ya a todas luces una forma de hostilidad.
El olvido encubre siempre una hostilidad hacia el pasado, porque el
pasado siempre reaparece, se repropone: sería nada si no se
propusiese en el presente. Para nosotros el pasado es tal sólo si se
propone en el hoy, si llama a nuestra puerta, ya que todos nacemos
del pasado (por eso, el olvido de los padres es potencialmente
hostilidad hacia ellos).
Esto deja intacta la necesidad de hallar
formas nuevas, está claro; pero el factor determinante de lo que
sucedió –sobre todo visto con la perspectiva del desarrollo que tuvo–
fue la negación del pasado, la hostilidad hacia el pasado. La
revolución como fuerza subversiva, el concepto mundano de revolución
no puede ser más que una guerra contra el pasado.
Resulta patente la ingenuidad que está
en la raíz de un comportamiento así, de una actitud semejante: es la
ingenuidad fundamental de Adán, que creyó que, comiendo del fruto
prohibido, podría llegar al conocimiento del bien y del mal. En
definitiva, es la ingenuidad de que yo sea la «medida de todas las
cosas», es la simpleza del hombre que piensa: «Ahora voy yo a poner
las cosas en su sitio». Es el infantilismo del hombre como medida de
todas las cosas, es la necedad del amor propio. Desde el punto de
vista “técnico” es una ingenuidad. Desde el punto de vista moral es
un delito, una mentira que viene del Maligno –os remito de nuevo a
la primera página de la Biblia–.
¡Qué melancolía! ¡Qué tristeza
experimentamos enseguida y cómo se agravó con el paso de los años!
¡Qué melancolía nos invadió ante esa voluntad de cambio de la
sociedad! Por lo menos muchos entre nosotros, los más avisados, la
experimentaron. Ante el intento de cambiar la sociedad se instaló en
nuestro ánimo un interrogante; nos vimos sorprendidos por una
presión y una voluntad de cambio que nuestra experiencia ignoraba
todavía; no habíamos evolucionado hasta ese punto, vivíamos como
ajenos a esos asuntos, ocupados en lo sustancial, pero todavía
dubitativos e inconscientes ante la urgencia de una dimensión
cultural (es a través de los encuentros y los desencuentros como de
la semilla va emergiendo toda su potencialidad). Era un interrogante
tímido, curioso ante el fenómeno de la contestación, pero en última
instancia respetuoso; hacíamos todas las distinciones posibles (pues,
en cuanto al esfuerzo por cambiar, ¿qué se podía objetar?). Sea como
fuere, era un gran interrogante, una gran niebla, respetuosa en el
fondo hacia los acontecimientos. Pero la melancolía nos invadió
enseguida cuando –ante la urgencia de una autenticidad– vimos, por
ejemplo, el tipo de relación entre hombre y mujer que se proclamaba,
que se hacía obvio, porque éste es ciertamente –también para los
etnólogos, me parece– uno de los puntos típicos para valorar la
moralidad de una población o de una época. Es uno de los aspectos
más sintomáticos que reflejan la estatura moral, la dignidad o la
madurez moral de una persona o de una situación. Estoy hablando
naturalmente desde el punto de vista de la concepción, del juicio.
Como concepción, la autenticidad que se buscaba generaba un
libertinaje, generaba un concepto de “amor libre” que no tiene nada
que envidiar a los momentos más bajos y corruptos de la sociedad
burguesa, fruto en cualquier caso de la hostilidad hacia el pasado,
de la reacción ante el pasado, del “aquí estoy yo”; y por tanto lo
que yo experimento, lo que yo siento, ¡esto es lo original, esta es
la pureza original, la edad de oro de la humanidad!
3. El desconcierto
Estos fueron, en mi opinión, los dos
factores más significativos que emergieron ante nuestros ojos en
aquel momento. ¿Cómo acusó el golpe el movimiento, en su aspecto
entonces predominante, Gioventù Studentesca y Gioventù Lavoratrice?
Se produjo un desconcierto –lo he
señalado antes–, una inseguridad característica de quien, viviendo
una experiencia y recorriendo un camino propio, se ve sorprendido
por los acontecimientos históricos que requieren una interpretación
y una decisión que la propia experiencia no ha alcanzado todavía,
que la propia trayectoria no ha asumido todavía. Es como si una
ciudad asediada estuviese preparándose para la guerra, disponiendo
la defensa y los fosos, y el enemigo llegase tres días antes de lo
previsto. Es imposible –salvo cuando las ideas están clarísimas, la
estrategia madura y los generales a la altura de las circunstancias–
que no cunda el pánico en la ciudad.
Se produjo un desconcierto: esta es la
palabra que trata de explicar benévolamente lo que sucedió; un
desconcierto general. El desconcierto no afectó sólo a una parte,
sino a todos. Insisto en esta palabra, que pone una sordina
benévola, que da una explicación benévola de lo que sucedió.
Por una parte, ese desconcierto se
superó enérgicamente. ¿Cómo? Dejándose atrapar y entusiasmar por el
aspecto justo de la protesta. Por otra, supuso una paralización.
¿Cómo se agravó aún más este desconcierto? Al comprobar la modalidad
errónea, el método equivocado con el que aquellos acontecimientos
pretendieron cambiar las cosas. ¿En qué sentido “método equivocado”?
Tal vez sea demasiado pronto para decir esto; digamos entonces un
método no conforme a aquello en lo que habíamos sido educados, un
método y una interpretación de las cosas no conformes con la propia
historia.
En el primer caso, el desconcierto se
supera de golpe por una energía y una voluntad de intervenir, actuar,
obrar, por un deseo de “encarnar” –usemos el término cristiano en su
aspecto sacrílego, porque para un cristiano es un sacrilegio usar
del mundo al margen del misterio de Cristo–. El desconcierto se
superó de golpe por la voluntad de intervenir, una voluntad
solicitada por la positividad inmanente del fenómeno, por la
proclamada aspiración de autenticidad, por la acusación de falta de
autenticidad, etc.
Pero nadie puede cortar de repente –digan
lo que digan los que se van– con toda una historia a la que se ha
adherido toto corde, libremente, con todo el corazón, con
entusiasmo. Uno no puede cortar de repente. Por eso el paso de una
matriz a otra se produjo, para evitar la humillación y el shock
grave de un sentimiento de traición de valores reconocidos, haciendo
lo más abstracto posible el discurso y minimizando la experiencia en
la que se participaba antes: «Minimizando –dice la hoja que os han
repartido– el alcance histórico y social del Hecho cristiano». Se
obró una reducción o una banalización del espesor histórico del
hecho cristiano. El paso de un cierto tipo de discurso a otro trató
de “retener” el discurso cristiano para no sufrir el shock de un
sentimiento de traición de valores; trató de interpretarlo
minimizando su alcance histórico, “disolviéndolo”, restándole toda
su incidencia histórica, desviándolo hacia una interpretación
puramente escatológica, y por tanto abstracta, del mundo y de la
vida.
Tal vez el término minimización, que se
utiliza en la hoja, es el más adecuado: una minimización del valor
de la presencia, del peso del Hecho cristiano para el presente. Es
la reducción del Hecho cristiano a liturgia, a sacramento,
fundamento y raíz –en efecto–de toda la vida de la comunidad
cristiana (es la muerte y resurrección de Cristo, es el anticipo de
su segunda venida: ¡nosotros reconocemos lo sobrenatural como raíz
de toda nuestra vida!). Pero justamente porque los sacramentos
constituyen la fuente de la vida cristiana, de la renovación del
mundo y de la existencia personal, justamente por esto son los
gestos más extraños humana, social e históricamente hablando, los
más ajenos a la percepción habitual de las cosas. En aquel momento,
se concibieron los sacramentos y se vivieron como un reclamo
escatológico, pero este reclamo fue totalmente vaciado de su
contenido presente.
Esta minimización del modo de concebir
el Hecho cristiano lleva consigo de forma inevitable un dualismo
último en la forma de estar en el mundo; un dualismo por el cual se
afirma un factor del cristianismo –el factor explicativo y en última
instancia salvífico– como un aspecto sobrenatural incumbente sobre
el presente, pero sin incidencia sobre él, sin que se pueda
enjuiciar el presente histórico, sin que pueda inspirar una
manipulación del presente histórico, sin que ayude al presente, más
que en un sentido puramente moralista como inspiración de la acción:
«Debes comprometerte». Queda como una inspiración vaga de la acción,
un reclamo moralista en el sentido más vago del término: “Debes
comprometerte con el mundo” y, una vez dicho esto, te abandono. Por
otro lado, están la consistencia y la imponencia de las urgencias
mundanas, que se afrontan según el instinto, lo que uno siente o
cómo ve las cosas, según el análisis, la teoría y la violencia de la
praxis.
4. La reducción del Hecho cristiano
¿Qué consecuencias podemos identificar
en la actitud asumida por este amplio sector del movimiento en la
época a la que nos referimos?
a) Primero, como dice la hoja: «Una
concepción eficientista del compromiso cristiano, con tintes de
moralismo». Algo más que tintes: ¡una completa reducción a
moralismo! ¿Por qué había que seguir siendo cristianos? Porque el
cristianismo te empuja a la acción, te empuja al compromiso, ¡y nada
más! Como un padre y una madre que te dicen: «Venga, ¡tienes que
hacer esto!»; y después te toca entrar solo en eso que tienes que
hacer, como si ellos no estuvieran a tu lado (en cambio Jesús dice:
«Estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo»9). Es un
concepto peculiar de encarnación en el que el cristiano está
verdaderamente dividido, rasgado en dos. Y, desde el punto de vista
contingente, histórico, el cristiano tiene derecho todavía a
permanecer en el mundo sólo en la medida en que se suma a la acción
mundana: es el cristianismo “ético”, es decir, un cristianismo en
que la ética, el comportamiento cristiano, el significado de ser
cristiano en el mundo se identifica con el compromiso mundano. Por
tanto, ser cristiano en el mundo significa interesarse por los
marginados, por los pobres, por las desigualdades salariales, por la
injusticia en el mundo del trabajo: en esto consiste ser cristiano,
esto es el cristianismo reconducido a un moralismo eficientista.
Recuerdo a un antiguo encargado de GS
con el que me cruzaba a veces en la Universidad Católica. Yo le
tomaba el pelo e intercambiábamos bromas, en el fondo serias, pero
riendo. Un día me dijo esto, sin reírse: «Me estoy preguntando por
qué tengo que seguir siendo cristiano». «No me extraña –le dije–, si
ser cristiano quiere decir hacer lo que haces. Lo que haces te lo
han enseñado otros porque son más hábiles que nosotros; siendo así,
no comprendo por qué no deberías identificarte con ellos». Ahora
está claro que ser cristiano no es hacer sentadas delante de la
Católica (que el compromiso cristiano pueda invitar a hacer esto en
alguna ocasión, es otro cantar, ¡pero el cristianismo no es esto!),
pero en aquel entonces, en la confusión de entonces, no lo era.
Teníamos, por tanto, una concepción
eficientista. Y con el paso de los años, en los que siguieron esa
senda, si continúan siendo cristianos, resulta fisiológicamente
visible el dualismo, la división. Tal vez formen parte de la
“Democracia Cristiana de izquierda”, pero el Hecho cristiano no
tiene que ver mínimamente con lo que hacen; en este sentido
reproducen la Democracia Cristiana de la posguerra, identificándose
justamente con el mismo sistema mental, con la misma actitud
espiritual.
b) Segunda consecuencia –esto es lo más
grave–: la incapacidad para dotar al discurso de dignidad cultural,
para madurar la propia experiencia cristiana hasta que se convierta
en un juicio crítico y sistemático, y por tanto, en sugerencia de
modalidad de acción. La capacidad propia de la experiencia cristiana
de incidir sobre el mundo permanecía bloqueada, porque una
experiencia incide en el mundo sólo en la medida en que alcanza una
expresión cultural (lo que no significa sólo en la medida en que
alcanza la universidad: ¡esto no tiene nada que ver!). Expresión
cultural significa juicio, capacidad de juicio sistemático y crítico
sobre el mundo, sobre lo mundano, sobre la contingencia histórica, y
por tanto, sugerencia concreta de proyecto y de acción.
La experiencia que no alcanza este nivel
carece de rostro propio en la historia; no tiene rostro y, por
tanto, como mucho puede subsistir en épocas “prehistóricas”. Pero
cuando la sociedad y la vida humana establecen una trama de
relaciones que va cobrando peso, la experiencia, al no tener rostro,
mengua, es decir, acaba alienada por las presiones del ambiente.
Este es exactamente el destino que muchas de nuestras familias han
sufrido (ya lo he comentado) en su intento de reagruparse para vivir
juntas; no se han convertido en “asentamientos”. Empiezan ahora a
convertirse en un lugar de experiencia, en verdadero asentamiento
sólo en la medida en que alcanzan una expresión cultural, adquieren
una capacidad de juicio crítico y sistemático, por tanto, un plan y
una modalidad de acción concreta. Lo cual no puede suceder si un
grupo quiere actuar de forma aislada, como han tratado siempre de
hacer estos grupos. En la medida en que lo lograra, generaría él
mismo una trama de relaciones con el resto del movimiento –que es lo
que deseamos–, aportaría un cambio beneficioso para todo el
movimiento.
La segunda consecuencia, por tanto, es
una incapacidad para dotar de dignidad cultural al discurso y, como
corolario, una incapacidad para dar un juicio unitario sobre la
situación. Sólo una expresión cultural que nace de una experiencia
unitaria puede hacernos capaces de alcanzar un juicio unitario sobre
la situación. En cambio, como en la fábula esópica de la zorra y las
uvas (hablo de GS y GL de entonces), se pasó a exaltar como obvia la
disparidad de actitudes a la hora de afrontar las situaciones;
aunque –de paso diré–, luego, en el aspecto organizativo, en cuanto
detentaban cierto poder imponían a todos su propia interpretación.
Es decir, se exaltó teóricamente la división, la multiplicidad
indefinida del juicio y de las actitudes: «Somos libres, cada cual
puede ser de derechas o de izquierdas», pero si uno se atrevía a no
ser partidario de la ultra izquierda, lo liquidaban, si no lo
linchaban (porque todavía no había llegado el momento); si no era
linchado físicamente, lo era moralmente.
Por eso se produjo una división ante la
provocación contingente del mundo, ante su necesidad contingente;
una división terrible que, una vez más, todavía más, vacía la
capacidad de testimonio del Hecho cristiano ante el mundo mismo. El
testimonio del Hecho cristiano ante el mundo está en su capacidad de
responder a la necesidad del mundo. Los cristianos se hacen
presentes en cuanto responden a la necesidad del mundo, no en cuanto
participan en las manifestaciones callejeras y enarbolan la “bandera
roja”.
c) Tercera consecuencia: la
infravaloración teórica y práctica de la experiencia de la autoridad.
Daos cuenta de que no existe acción sistemática, pensamiento
sistemático y acción sistemática que no nos lleve a ser discípulos
de un maestro. Porque se pueden dar dos casos: o la autoridad la
reconoces como dada, como ofrecida, o la eliges tú; o la autoridad
es una gracia en tu historia, gracia de Dios dentro de tu historia,
o bien, eliges tú tu propia autoridad. Los nombres de los cabecillas
de entonces (y algunos de los de ahora) eran utilizados igual que se
utilizaba antes el nombre de ese cura o de otro para avalar lo que
se hacía. Sea como fuere, el Hecho cristiano –repitámonoslo– tiene
en la autoridad establecida por Cristo el punto exacto donde seguir
al Misterio, donde nuestro reconocimiento y respeto del Misterio son
certificados, garantizados y testificados. Creo que poca gente como
nosotros se ve obligada a repetir estas cosas casi con rabia, del
dolor que produce ver cómo nos hemos extraviado. ¡Es una lástima que
no tengamos todavía gente que sepa expresar esto de forma literaria!
Y no sé si este es el último aspecto de la pereza, de la negligencia
o de la instintividad con la que vivimos, que nos impide identificar
una jerarquía más adecuada de los compromisos que, según los
carismas que tenemos, deberíamos asumir.
Retomando el hilo, en medio del
desconcierto general, la primera actitud que dominó GS y GL concreta
e históricamente (GL, los trabajadores, incluso cuantitativamente,
casi al cien por cien; los estudiantes, en cambio, fueron una
mayoría, pero no la gran mayoría; sin embargo, la fisonomía de GS,
por cómo era guiado, estaba determinada por esto) fue la de superar
la dificultad lanzándose de cabeza detrás del mundo. Nuestra
historia, sus contenidos y sus valores, fueron minimizados,
interpretados lo más posible de manera abstracta, como excluidos de
la vida concreta, vaciados de su capacidad de incidir sobre la
contingencia histórica y, por tanto, ajenos a una verdadera
encarnación. Se restó al Hecho cristiano su espesor histórico (esta
es, vuelvo a repetir, la mejor expresión). De ahí resultó un
dualismo en los que permanecieron en el ámbito cristiano, en los que
querían permanecer: un dualismo entre un cielo que acechaba y una
tierra que iba por su cuenta. Desde el punto de vista de la historia
de la Iglesia, esta es la actitud protestante –en su sentido
esencial, en sentido propio, puro–. La teología secularista, que
compromete tan acremente el sector más juvenil y vivaz del clero
católico y, por tanto, de los jóvenes que se aglutinan en torno a
ellos, no puede interpretarse en última instancia (no digo como
intención, ni como actuación coherente, sino desde el punto de vista
cultural), no se puede considerar y juzgar, en mi opinión, más que
según la categoría de un auténtico protestantismo, puro, ortodoxo,
como decimos ahora, barthiano.
5. El abandono del discurso
Tres son, por tanto, las consecuencias
fundamentales a destacar, y no lo hacemos por un amor al análisis
histórico, sino porque esta dialéctica estará siempre presente;
mucho o poco, esta provocación, esta prueba –prueba y tentación–
será siempre vigente. La primera es una concepción eficientista del
compromiso cristiano, moralista: ante la necesidad del mundo, se
produce el análisis de dicha necesidad y se elabora una teoría para
responder a ella. Todo se juega en el ámbito de una medida humana.
Cristo no tiene nada que ver con la historia; tiene que ver tan sólo
con el más allá, al margen del tiempo y del espacio; es una mera
inspiración moral, situada más allá del tiempo y del espacio,
“trascendental”. La segunda es la incapacidad para dotar de dignidad
cultural al discurso, porque de hecho uno se abandona a una cultura
que tiene su matriz en el análisis marxista o en la teoría marxista;
en cualquier caso, el análisis y la teoría mundanos. Se opta por una
impronta cultural que tiene como matriz la experiencia mundana, no
la experiencia cristiana, y por tanto la teorización, la exaltación
y la idealización de la diversidad de las opiniones y de las
visiones, como puede apreciarse en la trayectoria del Movimiento
Estudiantil, aunque en la práctica, a la hora de organizar la
acción, se imponga una cierta directiva “única”. La tercera es la
infravaloración teórica y práctica de la autoridad, porque la
autoridad es la función garante de la autenticidad de la experiencia
cristiana.
De todas las contribuciones que me
habéis enviado se podría extraer mucha documentación tanto de un
deseo sincero de una autenticidad, como del paso en que se traicionó
nuestra historia. Podemos leer algunos pasajes de un periódico
estudiantil de entonces, hecho por Gioventù Studentesca.
«Nosotros también habíamos empezado el
curso preocupados por lanzar nuestras iniciativas para el primer
trimestre, alejándonos de la situación real de la escuela, aunque
tímidamente balbuceábamos la necesidad de una mayor presencia en el
ambiente. Pero todo ello exclusivamente en función de nuestras
iniciativas». El análisis de este fragmento sería suficiente para ir
al fondo de lo que sucedió entonces. Claro está que un malestar así
lo acusaba quien estaba despierto, quien tenía nervio, no una
“mosquita muerta”. Pero, antes que nada, ¿veis cómo se había
abandonado ya el discurso del movimiento, el discurso propio de la
historia de GS? Se había producido un abandono radical de Apuntes de
método cristiano. La premisa de Apuntes de método cristiano10, que
es la clave de nuestra posición, ya no interesaba, ya no se
consideraba.
«Nosotros también habíamos empezado el
curso preocupados por lanzar nuestras iniciativas para el primer
trimestre». Efectivamente, para las personas de entonces,
tremendamente incisivas y decididas, los textos importantes ya no
eran Apuntes de método cristiano o Huellas de experiencia
cristiana11 (excepto algún pasaje del libro verde, en donde se habla
de decisión, de globalidad de la decisión), sino los de
González-Ruiz, El cristianismo no es un humanismo, etc. En el fondo,
–es otra versión de lo que he dicho antes como premisa– en la prueba
sale a la luz lo que hemos elegido con anterioridad: si ante un
interrogante o ante un problema descarrilamos, se descubre que ya
antes habíamos optado por otra cosa.
La situación de Gioventù Studentesca
pudo favorecer que cediéramos ante la prueba –como de hecho lo
favoreció– exactamente porque ya se había abandonado el discurso.
Puede ser que los cuadros directivos de entonces no lo hubieran ni
siquiera aferrado; sea como fuere, al menos había dejado de ser el
instrumento cultural en el que nos inspirábamos y del que se hacía
uso. De hecho, un eficientismo ya perceptible antes de la ocupación
del 68 creaba malestar en los que miraban las cosas con cierta
objetividad o con una cierta conciencia del discurso que siempre
habíamos mantenido. Además, el fenómeno de la expresión cultural se
intentaba buscando lo que decían otros, a modo de antología, y no
profundizando en las cosas, abordando las cosas con una inspiración
extraída de la propia experiencia. Era como una ciudad asaltada y
tomada porque no tenía murallas ni baluartes; se habían quitado los
centinelas, los vigías de las torres de la ciudad: se había
abandonado la vigilancia del discurso. Tampoco esto se puede
comprender si no nos identificamos con el “porqué” pasó lo que pasó,
y el “porqué”, en definitiva, es la dificultad que el discurso y la
experiencia cristiana tienen para madurar. Si no lo tenemos
presente, además de escandalizarnos y juzgar en sentido negativo a
nuestros antiguos amigos, corremos el riesgo de fracasar en el
presente. La impaciencia no es la última trampa sino la primera. La
experiencia cristiana –fijaos– cambiará el mundo; sin embargo, para
cambiar el mundo hace falta toda la trayectoria de la historia. Es
una analogía impresionante: la experiencia cristiana cambiará mi
vida, pero hace falta la trayectoria de la existencia; cambiará
nuestros grupos, nuestras comunidades, pero hace falta la
trayectoria de la existencia de estos grupos. ¡Hace falta recorrer
toda la trayectoria!
La experiencia cristiana no satisface el
gusto eficientista del hombre, el ansia febril de tener, de tener
enseguida, porque esta es la tentación de los fariseos que dijeron a
Cristo: «Haz el milagro como te decimos nosotros, mándanos una señal
del cielo. Manda un rayo del cielo y entonces creeremos en ti»12.
Ellos establecían cómo debía ser el milagro: si Cristo accedía a su
medida, entonces creerían. Este es realmente el pathos que subyace
al drama de entonces y a la incertidumbre, la melancolía, el
cansancio y las perplejidades de ahora.
Llegados aquí uno se da cuenta,
comprende qué quiere decir la fe –creer, creer en Él–, dar crédito
al Hecho cristiano. Porque en ciertos momentos supone como morir a
uno mismo, es verdaderamente un morir a sí mismo. Prosigue el texto:
«Nos damos cuenta, en primer lugar, de que no sabíamos casi nada y
que no teníamos nada que decir». ¿Comprendéis el equívoco de esta
frase? Es análogo a la afirmación anterior: «Todo esto estaba
todavía exclusivamente dirigido a nuestras iniciativas». Hicieron
propia la acusación que nos hacían: que nosotros queremos afirmar
“lo nuestro”. Es cierto, nosotros queremos afirmar el hecho de
Cristo, queremos afirmar la Iglesia, ¡precisamente porque la Iglesia
es la salvación del mundo!
«No teníamos nada que decir»: puesto que
la historia vivida, el compromiso con el cristianismo, con la
comunidad cristiana, no nos hacía capaces de ir contra los
profesores con astucia como lo hacían los marxistas, decían: «¿Lo
ves? Nos han traicionado». En la canción de Chieffo, Judas dice: «No
fue por los treinta denarios, sino por la esperanza que él, aquel
día, había suscitado en mí»13. ¡Pero era una esperanza a su medida!
«Entonces nos pusimos en contacto con personas y grupos que vivían
ya una experiencia de contestación en la escuela, para tener claros
los términos del problema a través de su testimonio y de su trabajo».
Ya está. La reducción total ya está en acto. La reducción se ha
efectuado por completo, como se ve también en el editorial de
Michelaccio –del Michelaccio de entonces, entendámonos–, que habla
de la democracia como el único problema. Todo se equilibraba
lentamente, poco a poco, en el concepto de democracia, pero el
problema era ese al que nos acabamos de referir. ¿Qué diferencia
existe –como método– entre el cristianismo identificado con la
acción social, como en los grupos contestatarios católico-marxistas
de ahora, y estas frases, esta actitud? Daos cuenta, por favor, de
que justamente los más vivos entre nosotros, los más vivos de
nuestros grupos –más vivos en el sentido de que tenían una mayor
energía humana–, sufrían más esta tentación. Leo una última frase:
«La cuestión más importante de todas es nuestra inserción en la
sociedad». Domina una ambigüedad en estas frases, tal como suenan;
pero es la elección que ya está tomada, lo que subyace, lo que es
contradictorio con todo nuestro discurso.
6. La fidelidad a la propia historia
Tercer elemento de nuestro diagnóstico.
En el desconcierto general, una gran parte de Gioventù Studentesca,
¡perdón!, una cierta parte de Gioventù Studentesca y nuestros
primeros universitarios, así como nuestros primeros adultos (nuestros
universitarios y nuestros primeros adultos casi por completo) se
quedaron como petrificados, parados, intimidados y confundidos por
la situación. Pero una cosa resultó inmediatamente clara, por lo
menos a muchos de éstos: la fidelidad a la propia historia debía ser
más fuerte y determinante que el clamor de las urgencias justas y la
fuerza de la acción práctica de los otros. Esto, para aquellos que
se “salvaron” –perdonad por la expresión–, fue indudablemente el
catalizador de su actitud fundamental: la fidelidad a la propia
historia.
La fidelidad a la propia historia tenía
dos factores importantes desde el punto de vista de la reflexión, de
la conciencia.
a) El primer factor está indicado en la
hoja con la palabra “Misterio”. La fidelidad a la propia historia no
fue por un fideísmo, ni por un “fidelismo”; fue una fidelidad a esa
historia que había hecho emerger, de forma clara, la dimensión
religiosa como algo decisivo para la existencia y la historia del
hombre. Y para la vida y la historia esa dimensión religiosa
coincide con la conciencia de que el Misterio incide sobre todo lo
que es contingente y que nos es dado vivir. El Misterio que incide
sobre la realidad que vivo se llama “Jesucristo en su continuidad
histórica”: “Iglesia”. Esto resultó claro enseguida.
b) El segundo factor que hizo posible
esta fidelidad a la historia fue la sinceridad y la coherencia en la
estima y en la confianza en la autoridad, por tanto, en el apoyo de
la propia persona en ella; fue el redescubrimiento, o descubrimiento
liso y llano, de la importancia extrema que la función de la
autoridad había tenido en la historia vivida hasta entonces. Por lo
demás es precisamente mediante la función de la autoridad como se
garantiza el respeto y el empleo del término “Misterio”.
Sea como fuere, la gente que se salvó,
se salvó por un sentimiento de fidelidad a la propia historia, en
cuanto tenía claro –se puede decir, exclusivamente en esa medida–
que la dimensión religiosa tiene una incidencia imponente sobre la
contingencia concreta, en cuanto tenía claro que el Misterio actúa
como factor incidente sobre la contingencia humana. Y en segundo
lugar, la gente se salvó por el redescubrimiento claro y leal del
crédito a la autoridad, de la función histórica de la autoridad.
Durante largo tiempo esta posición
estuvo arrinconada de distinta manera por la inmadurez, a falta de
esa evolución madura de nuestra experiencia, de ese descubrimiento
que, en cambio, ha caracterizado los dos últimos años, y que empezó,
en el Centro Péguy, con la proclamación de la dialéctica
“cruz-resurrección”. Desde hace dos años, el punto de inflexión, el
factor que impulsa un cambio rompiendo los límites de la inmadurez,
es el reclamo a la “autoconciencia”. Entonces no había llegado aún
el momento de dar ese paso y se produjo una rigidez que, dentro de
los límites de nuestra inmadurez, favorecía una fidelidad mecánica
en las formas. Por eso, durante mucho tiempo, especialmente a nivel
educativo, se extendió un conformismo, un esquematismo y una cierta
aridez, cuyas consecuencias sólo ahora, en 1972, podemos tal vez –si
vencemos verdaderamente esta inmadurez en nosotros– empezar a
remediar decididamente.
Ha sido precisamente la ausencia de esta
autoconciencia, de la conciencia de lo que me ha sucedido con Cristo
–que, aunque todo el mundo, incluido todo el clero, le abandonara,
yo seguiría, porque Cristo es un hecho que define mi carne, mis
huesos, mi espíritu, toda mi ontología: es la criatura nueva–, ha
sido la falta de esta conciencia lo que, tanto en los primeros
cursos de la universidad como en la escuela, durante mucho tiempo
(pero desde hace algunos meses, por lo menos desde este punto de
vista, existe un clima distinto) ha favorecido ese complejo de
inferioridad que llevó a muchos a marcharse al otro bando, y que se
incrustó en la carne incluso de los que permanecieron fieles a
nuestra historia, haciendo rígido nuestro modo de movernos,
esquemática la forma de hablar, mecánico el modo de proponer:
llevábamos a cabo multitud de iniciativas que no generaban nada.
Éstas siguen siendo anotaciones sumarias,
porque no todos fueron así. Escuchad, por ejemplo, con qué claridad
se expresa un documento de entonces, escrito por nuestros
universitarios, aunque esto no fuera todavía el clima de nuestras
comunidades: «El punto de partida es que la solidaridad y los grupos
ya existentes en el ámbito universitario cesen de ser grupos
justificados por el deber de hacer o de decir algo, y se conviertan
en ámbitos de conversión para cada uno, lugares en que la comunión
llegue a ser experiencia y conciencia personal». O bien: «Nuestro
modo de conocer es, en primer lugar, la vida nueva que se nos
concede. No contraponemos una teoría, que nos parece más comprensiva
y más humana, a la del Movimiento Estudiantil: oponemos una vida
distinta, gracias a la cual nosotros adquirimos un modo distinto de
conocer [¡esto es perfecto!], y este es el fundamento de nuestro
conocimiento. Pero, más en general, afirmar que nuestra experiencia
cotidiana es la vida de comunión significa hacer presente que existe
en el mundo un lugar generado sólo por la potencia de Dios. El Hecho
que somos no se puede reconducir a la interpretación de una teoría
histórica, y a la vez es visible, palpable, hasta el punto de que
somos nosotros los primeros sorprendidos». Es cierto, se puede tocar
acudiendo a una iglesia, en el sacramento –en la Eucaristía, por
ejemplo–, pero es imposible no entender que toda la tensión que nace
de ser cristiano es hacer visible y sensible este Hecho en la
universidad o en el lugar de trabajo.
Sigue el texto: «La pregunta que nuestra
presencia en la universidad plantea a categorías como “contestación
global”, “revolución”, “lucha anti-imperialista” o “lucha de
clases”, es mucho más radical y original: se trata de testimoniar
una dimensión de fe y una conciencia de comunión viva, que impide al
horizonte político, en cuyo marco se mueve el Movimiento
Estudiantil, absolutizarse y convertirse en exclusivo de cualquier
otra visión del mundo. La alienación social no puede menoscabar la
gratuidad de ese don que supone para el hombre volver a nacer de lo
Alto». Son frases clarísimas, expresión de una conciencia clara ya
entonces, aunque –lo vemos todos – es un alba que rompe todavía a lo
lejos, apenas señalada en alguna frase, un ejemplo de incidencia
concreta, una alternativa a la mentalidad y a la teoría mundanas.
Todavía no está lograda, pero –he aquí su importancia extrema–
sugiere el método para llegar.
Lo que ha salvado la continuidad de
nuestra experiencia aún en medio del desconcierto que produjo una
rigidez –en años de total confusión, de complejo de inferioridad, de
esquematismo, de mecanismos perseguidos con un conformismo
repetitivo de lo que habíamos hecho en los años anteriores, con un
apego tal vez adolescente, inmaduro, a lo que es una función de
autoridad–, lo que permitió en cualquier caso que tras el invierno
volviese la primavera y la planta creciese, ha sido la fidelidad a
la propia historia. Gnoseológica y metodológicamente –desde el punto
de vista gnoseológico y desde el punto de vista práctico– esto es
todo.
En nuestro pequeño punto contingente, en
nuestro efímero camino histório, se repite de forma analógica lo que
sucede para la Iglesia en la historia del mundo: la fidelidad a la
tradición es lo que hace de la Iglesia un factor de presencia
sanadora, liberadora del mundo. No hay más que añadir: la fidelidad
a la propia historia. ¡Claro está, es la fidelidad del hombre vivo,
no de la “mosquita muerta”! Esto se da por supuesto. Sería un
insulto tratarnos al margen de este presupuesto: es la fidelidad del
hombre vivo, por tanto del hombre que siente los problemas de su
tiempo, que aplica su inteligencia y que usa todo, como un buen
padre de familia, que extrae de su tesoro lo nuevo y lo viejo, como
nos dice Jesús en el Evangelio14. ¿Quién teme estas cosas? ¿Quién no
las sabe? Pero el problema es la forma específica, la
autoconciencia, la personalidad que obtiene toda su savia del Hecho
cristiano y, por tanto, cumple con su tarea siendo fiel a la
historia, a la historia de nuestra experiencia. Es ésta la fórmula
sintética más comprensiva de una sana metodología, tanto desde el
punto de vista gnoseológico, del planteamiento cognoscitivo, como
desde el punto de vista de la organización práctica. Fue lo que nos
salvó.
Y así, casi repentinamente, en los
últimos años (la sacudida se produjo en el 68, han pasado cuatro
años, por tanto; pero ya antes, en GS, desde hacía por lo menos dos
o tres años, se agravaban los antecedentes: ese eficientismo, esa
ausencia de desarrollo cultural, etc.) se ha producido un cambio.
¿Quién de nosotros no siente como lejanas y remotas estas
acusaciones –la acusación de no querer cambiar el mundo, de no
participar en los problemas del mundo–, a pesar de que todavía
estamos desconcertados, en muchos aspectos confundidos? Lo pensaba
cuando leía el otro día el esquema de la actividad cultural de
nuestro grupo universitario en Cagliari. Lo leía conmovido, porque
pensaba: ¿cómo ha surgido todo esto? ¡Es como un milagro! Es el
milagro florecido sobre la actividad de estos dos años. En la
situación precaria en la que se encuentran, con las ayudas todavía
esporádicas y fragmentarias que reciben, ¡qué centrados están, qué
amplitud de horizonte tienen! ¡Casi diría: que desafío lleno de
atrevimiento! Debemos perseverar sencillamente en la fidelidad a
nuestra historia, a nuestra experiencia como matriz del compromiso
cultural y político.
Los factores, el humus, la linfa para
nuestra presencia, el rostro de nuestra presencia y por tanto de la
aportación que podemos ofrecer al mundo, se hallan únicamente en la
memoria de lo que somos: ¡sólo ahí! En la medida en que vivimos esta
memoria, por tanto en la medida en que el sentido del Misterio y el
sentido de la autoridad son en verdad dos factores decisivos (el uno
ideal, de concepción, de conciencia, y el otro de metodología
práctica, concreta), en la medida en que vivamos esta memoria
llegaremos a ser verdaderamente padres de familia, de esa familia
que es el mundo, padres que extraen de su tesoro lo nuevo y lo
viejo. Ni un cabello de lo que es el mundo se nos escapará, ni el
lirio del campo, ninguna florecilla que crece en el campo del mundo,
al igual que a la mirada de Cristo nade se le escapaba. Pero el
reclamo que necesitamos hoy consiste en que debemos superar la
inmadurez, vencer esta rigidez que todavía nos atrapa como en un
esquema de hielo. Daos cuenta de que el calor que rompe el hielo, la
energía que lo deshace, el calor que lo derrite, no es nuestro
hacer, sino la conversión según todas sus dimensiones.
“Comunión y Liberación” es ciertamente
la fórmula que define exhaustivamente todo el desarrollo al que ha
llegado nuestra historia: “comunión” y “liberación”. Debemos
entenderlo del todo, porque no lo hemos entendido todavía. Es algo
embrionario en la mayoría de nosotros: no digo en los trabajadores
que sólo han estudiado hasta tercero de primaria, sino en los
profesores de universidad. Es todavía algo incipiente, todavía
conservamos rasgos moralistas, activistas o estéticos de la
mentalidad dominante.
Nuestro verdadero problema es salir de
la inmadurez. Pero espero que al menos alguno haya pensado en este
momento en lo que dice la premisa del libro marrón15. Porque, lo
digo entre paréntesis, pensando especialmente en los “escribas” y en
los “fariseos” de nuestro pueblo de Dios, que son aquellos a los que
más se les dio, es decir, los que, por dotes personales o
disponibilidad de tiempo, pueden cultivar el interés y la expresión
cultural, ¡no sé si nuestros textos constituyen la matriz de su
reflexión! En cualquier caso, la metodología es la fidelidad a la
experiencia. No sé si alguien ha recordado en este momento lo que
dice la premisa: que el cristianismo se difunde en el mundo no por
obra nuestra, sino por gracia de Dios. Entonces, salir de la
inmadurez, madurar, es obra del Espíritu en nosotros, es una gracia.
¡Recordémonoslo! Y el Espíritu Santo descendió allí donde estaban
todos reunidos en el Cenáculo, allí donde se hallaban todos
reunidos. El Espíritu desciende sobre nuestra comunión. Por eso, por
ejemplo, el asentamiento de un grupo de familias en una zona es de
alguna manera una expresión cultural pero, antes que es, al menos
como tendencia, es la premisa de una expresión cultural. En efecto,
la madurez se expresa como tendencia profunda, como pasión por la
Iglesia de Dios para que viva visiblemente allí donde estamos, por
tanto para que se construya la comunión cristiana allí donde
vivimos, estemos donde estemos, para que todos seamos «una sola
persona», como dice san Pablo16, una realidad nueva «en la que ya no
hay ni hombre ni mujer, ni griego ni bárbaro, ni derecha ni
izquierda» –«todos vosotros sois uno en Cristo Jesús»–, suponga un
bien para el barrio, la universidad, el trabajo, la parroquia, un
bien para el mundo. Una presencia encarnada, ¡realmente encarnada!
Pero la lógica de la encarnación, es
decir, la lógica de la misión, sucede en nosotros porque la
encarnación en el mundo, en el sentido de interés y de ayuda a los
problemas del mundo, de colaboración verdadera en el impulso hacia
la autenticidad que el mundo vive, es sólo un halo de luz, es sólo
una consecuencia inevitable de esos problemas, de las exigencias
mundanas, de la carne y de los huesos, del mundo, de la vida vivida
como comunidad cristiana, convertida, traducida en términos de fe.
La encarnación no es ir a interesarse por el sindicato, por la
fábrica o por la universidad. La encarnación, es decir, la misión,
es vivir la universidad, la fábrica, etc. como comunión. No es
interesarse por estos o por aquellos problemas culturales, prácticos
o sociopolíticos, sino vivir por completo nuestra humanidad como
comunión.
Resumiendo: el mundo, con todos sus
terremotos, es para todo el mundo instrumento de reclamo de Dios a
la autenticidad y a la verdad de la vida, pero lo es en particular
para el cristiano, que es como el centinela en el campo del mundo.
Autenticidad, exigencia de autenticidad: este es el valor que estuvo
en el corazón de entonces, de la “sublevación” (pensemos en nuestra
presencia en la Iglesia, por ejemplo: ¿os dais cuenta de que somos
tratados como contestatarios? Nosotros, para los demás, hasta un
cierto punto, somos parte del fenómeno del 68: los contestatarios.
Y, en efecto, ¡es un deseo de autenticidad lo que nos mueve en las
parroquias o en las diócesis!). Pero se buscó esta autenticidad
negando el pasado, como una erupción imprevista, como una erupción:
lo “nuevo” era entendido como erupción sin nexos precedentes.
En segundo lugar, nos encontraremos un
poco confundidos ante lo que sucede en el mundo normalmente, con un
complejo de inferioridad, porque el nuestro es un camino largo hacia
la madurez: la madurez completa la tendremos al final del
Apocalipsis. En la historia de la Iglesia, cuando la Iglesia y los
cristianos no tenían este complejo de inferioridad, ¡cuántas veces
vivieron sin embargo el equívoco mundano! (desde el Humanismo en
adelante). La gracia de un santo Tomás de Aquino es una gracia
milagrosa que Dios hace en la historia sin estar obligado, lo hace
cuando quiere. En el fondo, como ley, no podemos evitar esta
confusión. «El mundo reirá, y vosotros lloraréis. El mundo se reirá
de vosotros»17. Es el concepto de persecución. Daos cuenta de que el
mundo, para perseguirnos, tiene un motivo estupendo en nosotros, en
nuestra vida. El mundo se escandaliza de nosotros, y tiene razón
desde el punto de vista del motivo mecánico. La persecución
encuentra siempre una motivación estupenda en nuestro
comportamiento, porque en esta confusión ni siguiera tenemos la
conciencia tranquila. No podemos decir «Soy puro, sin embargo tengo
miedo»; «soy pecador», debemos decir en la confusión.
En esta confusión, esta es la línea
divisoria: el que permanece fiel a la propia historia, a lo que ha
visto («Renueva, Señor, la palabra en la que has despertado mi
esperanza»), y el que en cambio, por la impaciencia de la canción
de Judas, porque la promesa no corresponde a la urgencia tal como es
sentida en el presente, toma prestado del mundo aquello que le
satisface y le hace sentir digno de vivir, toma prestado del mundo
el significado de su contingencia, toma prestado del mundo el
significado de la historia; y si conserva lo antiguo, si conserva la
fe, la conserva escatológicamente, como un punto lejano, anticipado
en gestos extraños (los curas en la iglesia, la religión de los
sacramentos). Operativamente hablando, la energía del hecho
cristiano se reduce a un: «Sé buen chico, interésate por el mundo»,
a una recomendación de compromiso, a un moralismo y nada más.
Mientras que, ante la confusión, aquel que permanece fiel a la
propia historia, tendrá un tiempo más o menos largo de martirio, en
el que comprende que haría falta actuar y no sabe cómo; por una
parte, el mundo se ríe de él, le da un patada, y por otra le entra
la duda sobre su fe, y por tanto debe combatir contra todos, en
todos los frentes. Se trata realmente de una prueba. Poco o mucho,
siempre será así, a menos que nos retiremos refugiándonos en torno
al campanario de la iglesia o en los grupos de comunión, esclavos de
la inmadurez de la que hemos hablado.
Es por tanto de extrema importancia,
para los que tienen verdaderamente como criterio la fidelidad a la
propia experiencia y a la propia historia, la eliminación de la
inmadurez. Todas las dificultades que tenemos a la hora de percibir
unitariamente el problema de Comunión y Liberación en las fábricas o
en la universidad, en el propio grupo parroquial o en el propio
grupo de comunión de familias amigas, ¡no es otra cosa, sino
inmadurez! Porque la persona es una (la autoconciencia) y el Hecho
cristiano es uno. No quiere decir, entonces, que yo elijo la
parroquia. Es Dios el que elige para ti, y da igual que estés en el
trabajo, en la universidad o bajo el campanario. Y cuando vuelves a
casa después del trabajo, después de haber batallado en los
sindicatos, en el trabajo sindical, estás en otro ámbito y, en la
medida de las energías y del tiempo, también ahí debes vivir el
misterio de la comunión.
La inmadurez. Por otra parte, sin
embargo, aquellos que interrumpen la línea de fidelidad a la
tradición y apoyan sus esperanzas, como decía el profeta, en los
carros y en los caballos, en los egipcios, en el pacto con los
egipcios (y no dicen que rompen el pacto con Yahvé, pero lo rompen
si lo hacen con los egipcios, y Dios se lo dice; leed los primeros
capítulos de Isaías, o los capítulos 30 y 31), esos se hermanan con
el activismo, con la eficiencia inmediata. ¿Existe acaso un criterio
más mundano que este? «Surgirán muchos faltos profetas y falsos
cristos que harán cosas que asombrarán al mundo, y la caridad se
enfriará en muchos»18. ¿Qué es la caridad? La fe en Cristo,
adherirse con la vida a Cristo, reconocer a Cristo, y por tanto
reconocer la comunión. Esto es la caridad. Pero como los otros hacen
cosas más grandes, se infravalorará la comunión para arrojarse en
manos de la eficiencia; de aquí la intraducibilidad del Hecho
cristiano y de la fe en términos culturales, como expresión
cultural, y por tanto la negación a colaborar con Dios en el mundo,
a dejarse hacer totalmente por el Espíritu Santo, desinteresándose
de hacer permanecer a su Iglesia en la historia, el no colaborar, en
definitiva, a traducir el mundo en Iglesia. Es como decir: la
Iglesia es inmutable, porque está el Espíritu Santo; aunque yo no me
interese por ella, avanzará igualmente.
En la fidelidad a la propia historia
salen a la luz estos dos puntos fundamentales. Uno, cultural: la
incidencia del Misterio en el modo de concebir, de analizar y de
teorizar, la incidencia del Misterio como método en la flexión
cultural. Este es el núcleo, en esto consiste la inmadurez en
nosotros, porque nuestra metodología es todavía mundana en su
expresión cultural (y tendencialmente lo será siempre). Pero el
Misterio no es “el misterio”; “Dios” es Cristo y la Iglesia. El
núcleo es, por tanto, la comunidad cristiana, el misterio del pacto,
de la comunión, como factor determinante, como método, de nuestro
modo de pensar, de la propia cultura. Este es el núcleo de la
cuestión. Por otra parte, el otro punto fundamental, el obstáculo,
es nuestro amor propio. El primero es la dificultad de la metanoia
como cultura, el segundo es la dificultad de la metanoia como moral,
es decir, la dificultad de refrenar el amor propio y de reconocer la
autoridad, la función de la autoridad.
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