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José
no se asombró de que su mujer tuviera un niño, sino de que “aquel”
niño fuera de “aquella” mujer, María. Era “suyo”, pues había deseado
que fuera de María.
Así se cumple algo muy grande: que sin Cristo nada es concebible. Es
así: sin la creación no existiría nada, existiría el Ser y nada más.
Pero con Cristo el Ser se declara, se manifiesta –comunicarse
pertenece a la naturaleza del Ser–; con Él todo existe, hasta la hoja
más pequeña de cada álamo, efímera y, sin embargo, existente... Sin la
re-creación que llevó a cabo “aquel” nacimiento no existiría la
creación. Sin Cristo es imposible la alegría, ya que ésta sería
irracional. El deseo de tener alegría, en efecto, forma parte de la
naturaleza del hombre cuando éste mira la realidad como algo hecho
para él. Por esto es verdadero lo que dice Dante –y yo no dejaré de
citarle nunca– cuando escribe: “Todos confusamente un bien seguimos/
donde se aquiete el ánimo, y lo ansiamos;/ y por lograrlo combatimos
todos” (Purgatorio, XVII, 127-129). De modo que el deseo describe
precisamente la naturaleza del hombre.
Por el tipo de fiesta que es y por la difusión que tiene, la Navidad
representa la última frontera, el último paso que puede dar la
naturaleza del hombre: reconocer que existe la manifestación del Ser,
o sino se dirige hacia la desesperación total, negando que el Verbo de
Dios se haya hecho hombre, para terminar así como ese último hombre y
esa última mujer a quienes describe Carducci viendo la puesta de sol
por última vez sobre un mundo helado.
La re-creación que Cristo lleva a cabo es la verdad de la creación. Al
anunciar a Jesús, la Navidad revela el dominio incontrastable del Ser,
que se traduce en “victoria”. La victoria consiste en que el hecho que
vence a todas las increencias y las dudas de los hombres ¡existe!, ¡vence!
Y ese hecho es el anuncio de que ¡Dios se ha hecho hombre!
Nuestro gran Papa ha escrito en su mensaje para la Jornada de la Paz
que “cada uno se comprometa a acelerar esta victoria. En el fondo, el
corazón de todos anhela esa victoria”. Nosotros repetimos con Juan
Pablo II esto mismo, hoy que todo parece despreciarse con el paso del
tiempo y quedar arrollado velozmente: lo que se esperaba que pudiera
perdurar no dura más que un sonido pasajero, una página de un libro,
el deshojar el periódico. Las palabras se disuelven en el aire en
breves instantes de emoción –y eso en el caso de que ésta no se haya
consumido ya en la desilusión del mismo primer instante–, se vuelven
como las palabras de un vídeo, al ser la nada el resultado continuo de
su efímero surgir. De hecho, de la nada no puede venir más que la nada.
Para esto se necesitaba Cristo, para remediar este final de todo. Él,
que es indestructible, no puede estar marcado de ningún modo por la
destrucción. Por eso nuevamente Dante nos empuja hacia adelante,
poniendo en nuestros labios las palabras de su Himno a la Virgen que
no temen a la nada, ellas sí, porque están dictadas por el Ser: “Aquí
eres entre nosotros rostro meridiano/ de caridad, y abajo, entre
mortales,/ fuente vivaz de la esperanza” (Paraíso, XXXIII, 10-12).
Freud decía que del hombre no puede venir salvación alguna; ésta sólo
puede venir desde fuera del hombre, de otra cosa (esta otra cosa, o es
el Ser, y entonces es fuente inagotable, o es el no ser absoluto, y
esto es algo sin sentido; decir que “No existe el Ser” es,
efectivamente, pura locura, porque es negar lo evidente). Una canción
navideña de Adriana Mascagni, que se escucha en muchas parroquias de
Italia y de todo el mundo, describe cómo se cumple aquella profecía
inconsciente: “Aire de nieve, esta noche, y nadie / tiene tiempo de
abrir la puerta y el corazón. / Aire de nieve, esta noche, y alguien /
todavía anda dando vueltas, todavía no sabe / donde irá / esta noche a
descansar. / Un hombre que golpea / a todas las puertas, / un hombre
que pregunta / en todas las casas / si no hay un lugar para ella, /
para ella, / para ella que está conmigo. La mujer se inclina / sobre
su dolor, / al hijo que nace / dará su calor. / Habrá / un muro, verás,
/ verás, / verás, alcanzará. El niño que llora / en medio de la paja,
/ la mujer que reza / y el hombre que mira. / Reinará. / El mundo
quién eres, / quién eres, / quién eres no lo sabe. / Aire de nieve,
esta noche, y nadie / tiene tiempo de abrir la puerta y el corazón
Aire de nieve, esta noche, y en el cielo / se mueve una estrella / que
se detendrá / sólo allá, / sobre la casa más lejana”. Dios ha abolido
esta distancia.
La Navidad llega para asegurar al hombre la alegría: alcanzaremos la
felicidad, que es el objetivo de la vida. ¡La alegría está asegurada!
Tener certeza de esto es algo necesario para vivir, y esa certeza se
da cuando vivimos en compañía (si alguien no tiene compañía, es porque
no la pide. Si la pide, se le da). Cristo es la compañía suprema que
Dios brinda al hombre. Por eso, ¡felicidades!
Luigi Giussani
Avvenire, 24 de diciembre de 2003
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